Día 1

El faro de amor en Las Talitas
En el corazón de Las Talitas, en Tucumán, el tiempo parece medirse de una manera distinta. No se cuenta en minutos, sino en la constancia infinita de los viernes. Desde hace varias décadas, un rincón sostenido por la Organización Internacional Sri Sathya Sai Baba se erige como un faro de luz. Allí, un pequeñísimo grupo de devotos se entrega por completo al servicio, guiados por un amor conmovedor hacia el Maestro, transformando cada jornada en una ofrenda viva.
Cada viernes a las 17h, sin importar la estación del año ni el desgaste del calendario, las puertas se abren para unos 40 niños (y aproximadamente 10 familiares) que llegan con la avidez doble de llenar el estómago y alimentar el alma. El cuerpo físico recibe la merienda y la cena, pero el verdadero milagro ocurre en el aire que se respira. Lo que allí se cocina es el alimento que transforma, dando lugar a que la Verdad, la Rectitud, la Paz, el Amor y la No Violencia, se manifiesten en todo su esplendor.Antes de que los platos lleguen a las mesas, el espacio se vuelve sagrado. El eco del Omkar y la vibración de los mantras elevan la vibración del lugar. Cuando los devotos y los niños le cantan a Dios con el corazón abierto, el entorno cambia. En esta visita, al concluir el momento devocional, fuimos testigos de algo sublime: escuchamos suspiros profundos y vimos sonrisas tan amplias que borraban cualquier rastro de carencia material. En ese instante, comprendimos con una felicidad desbordante, que los corazones se estaban purificando real y profundamente, abriéndose de par en par al Amor Divino.
Sin embargo, este oasis de espiritualidad convive con necesidades muy terrenales. El espacio físico en Las Talitas clama por ayuda. Se necesitan mesas firmes, sillas para recibir a los pequeños, una puerta que resguarde el frío, pintura para iluminar las paredes y arreglos varios que dignifiquen la enorme tarea que allí se realiza.
Ese viernes, los planes estructurados cedieron ante la espontaneidad de la vida: la Selección Argentina jugaba y el proyecto de servicio planificado se transformaron en un festejo comunitario. Improvisamos un cine con pantalla, proyector y computadora para encender la ilusión del fútbol junto a los niños, familiares y servidores. El partido, sin embargo, se convirtió en una hermosa excusa. El entusiasmo inicial de los pequeños pronto derivó en la magia de la distracción; sus miradas se desviaron de la pantalla para buscar las nuestras. Tuvimos entonces la dicha de habitar conversaciones puras y tiernas sobre los secretos de cómo se cepilla el pelo de los papás, mientras veíamos cómo arrastraban los bancos, acortando distancias, para sentarse lo más cerca posible de nosotros, sus “profes” visitantes. El reloj avanzó rápido entre risas y confidencias. Aunque el tiempo nos impidió proyectar el video didáctico sobre salud bucal, el cuidado se hizo entrega tangible: repartimos loscepillos, las pastas dentales y los dibujos para colorear que aguardaban su momento, endulzando el encuentro con alfajores para cada chico. En ese altar de servicio, dejamos también un pedazo de nuestra gratitud al entregar las tazas con el sarvadharma al presidente del merendero y a una de las colaboradoras locales. Aquel viernes, el amor que vibraba en ese comedor envolvió nuestro corazón por completo. Por eso, solo queda agradecer a Dios por la oportunidad divina de haber cruzado ese umbral, de haber visto cómo el amor se vuelve acción y de confirmar que, incluso en la escasez material, la riqueza del espíritu puede transformarlo todo. Comprendimos, que el verdadero milagro de aquel lugar no radica en las raciones que se sirven, sino en el amor incondicional con el que se entregan. En esa pequeña porción de Tucumán, el servicio no es una tarea programada; es la manifestación viva de las enseñanzas de Sri Sathya Sai Baba, donde el dar y el recibir se funden en una sola experiencia de unidad espiritual.La despedida nos regaló el calor de abrazos apretados y eternos de los niños y sus familias, sellando una jornada verdaderamente Divina. Al retirarnos hacia el hotel en la ciudad de Tucumán para el descanso, el equipo experimentó una expansión interna, una felicidad plena y una gratitud infinita a Sai por la vivencia. Este grupo de Tucumán nos demostró que la constancia y la fe sostienen los proyectos más valiosos del alma; por eso, el único anhelo de este Consejo es esparcir el eco de esta jornada por el mundo, para que cada corazón que sienta el llamado pueda volverse parte de tanto amor.
Continuará…




